En Ceará, Lula volvió a ponerle fuego a la campaña y eligió un tono que no deja lugar a dudas: «Derrotaremos al candidato que bese la bandera estadounidense». No dijo el nombre de su oponente, pero el mensaje quedó clavado en el aire: Flávio Bolsonaro, del PL, es el blanco de la artillería.
Para el presidente, estas elecciones no son una pelea entre dos nombres, sino una disputa entre democracia y barbarie. «Esta elección es una contienda entre una visión para Brasil, entre nosotros, que amamos a nuestro país y veneramos nuestra bandera, y aquellos que se dedican a la demagogia pero, por la noche, se besan y se envuelven en la bandera estadounidense», afirmó.
El discurso tiene filo: Lula denunció a los partidarios de Bolsonaro como traidores a la nación y sostuvo que Brasil necesita librarse del bolsonarismo. Sin nombrar a su rival, lo describió como un títere que se dedica a adular a Donald Trump, presidente de Estados Unidos.
«Si Brasil será dueño de su propio destino o si alguien vendrá a entrometerse en nuestras vidas», planteó. También dijo que el país debe elegir entre una persona con carácter, experiencia y compromiso, o un candidato que, según su relato, quiere entregar la riqueza mineral a extranjeros.
Acá entra otro tramo del discurso, menos electoral y más social: Lula habló de la adicción al juego y de las deudas que dejan las casas de apuestas. Afirmó que clausuró esos negocios para acabar con la ludopatía que, según sus palabras, «convirtió la vida en un infierno para los pobres de Brasil».
«Vi a gente endeudarse para pagar sus deudas de juego. Vi a gente suicidarse a causa del juego», denunció. Y sumó un argumento que pesa en la calle: el fútbol brasileño, dijo, era mejor antes de las apuestas, porque los clubes sabrán cómo resolver las cosas sin que los pobres, que ya compran la camiseta y van a verlo jugar, se vuelvan adictos para enriquecer a las casas de apuestas.
El tono importa. Cuando un presidente en funciones dice que el adversario se besa y se envuelve en la bandera de otro país, no está haciendo una comparación neutra: está pintando un escenario de traición. Y cuando insiste en que el rival quiere entregar la riqueza mineral, convierte la campaña en una disputa por la soberanía.
Para la gente que vive de su trabajo, esa idea de entregar riquezas toca un nervio sensible: la soberanía sobre los recursos. En ese marco, Lula no busca solo ganar votos; busca marcar el terreno moral de la elección.
El cierre del discurso también muestra cómo Lula mezcla política, economía y calle: por un lado, el enfrentamiento con Trump; por el otro, la bronca por las apuestas y el daño que dejan en los hogares más pobres. Es una campaña que busca hablarle a quien pierde plata en el juego y a quien teme que le vendan el país.


