El domingo, Lourdes se vistió de amarillo y blanco para recibir a León XIV. La ciudad de unos 13.600 habitantes colgó retratos, bautizó un puente con el nombre del papa y se llenó de peregrinos que llegaron desde la madrugada. No era una visita más: era el tercer pontífice que pisaba la gruta después de Juan Pablo II y Benedicto XVI. El pontífice ya había estado allí a los 19 y a los 29 años, cuando aún era Robert Francis Prevost.
Entre la multitud, Anne-Marie Mazars, de 56 años, lo resumió con una frase que suena a fe y a asombro: “es el Santo Grial, es como si llegara Dios”. A su lado, Jackie Belloc, de 59, mostraba un tatuaje de rosario en el hombro izquierdo. Cerca, Xavier Courau, de 16, llegó desde Burdeos con cerca de un centenar de alumnos y dijo que “la fe católica no está perdida en Francia. Está renaciendo”. En una ciudad pequeña, el entusiasmo no se parece a un simple acto religioso: se parece a una marea que buscaba al pontífice.
Unas 150.000 personas acudieron desde el alba a la pradera del santuario. Familias, grupos religiosos y peregrinos avanzaban con sillas plegables mientras los altavoces difundían cánticos. El número se entiende cuando se mira lo que pasó antes: el sábado, el Vaticano calculó 800.000 personas en la misa de los Campos Elíseos, en París, y un día antes otros 80.000 jóvenes recibieron al pontífice en el Estadio de Francia. En tres días, la visita dejó una huella que va mucho más allá de la devoción.
Los diarios dominicales franceses amanecieron con portadas que mezclaban asombro y devoción: “Feliz como un papa en Francia”, “Que la alegría perdure” y “Día de concordia”. En la agenda oficial, León XIV también se reunió con los obispos franceses y les pidió perseverar en la prevención y reparación de las agresiones sexuales a menores. “Es necesario perseverar en el camino emprendido, manteniendo la máxima vigilancia”, aseguró ante la Conferencia Episcopal Francesa. El mensaje fue claro: no basta con reconocer el daño; hay que sostener la vigilancia.
El mismo domingo, el papa recibió a siete víctimas de agresiones sexuales en la Iglesia francesa. El encuentro llegó después de años de denuncias que afectaron a instituciones religiosas, colegios católicos y también al difunto abate Pierre. Las siete personas advirtieron en un comunicado que “dialogar no significa avalar” y que “ser recibidas no significa renunciar” a sus exigencias. Además, colectivos de víctimas criticaron que no fueran recibidos por el jefe de la Iglesia católica. El formato elegido ya había generado reparos antes de la llegada del pontífice a la ciudad de peregrinación.
El peso del tema no es menor: un informe encargado en 2021 por obispos y monjas estimó que hasta 330.000 menores pudieron haber sido víctimas desde 1950. Ante esas conclusiones, el entonces papa Francisco expresó su “inmenso dolor” e instó a la institución francesa a “emprender un camino de redención”. La cifra no es un dato frío: es la medida del dolor que la Iglesia francesa intenta contener. Y en Lourdes, ese dolor se cruzó con la imagen de un papa que busca cerrar heridas.
El lunes, León XIV cerrará su viaje en Metz, ciudad del noreste de Francia disputada con Alemania durante las dos guerras mundiales. Allí pronunciará un discurso sobre la paz y la Unión Europea ante mandatarios del bloque. La visita francesa ya dejó dos imágenes: una multitud que celebró al papa y un tema doloroso que sigue exigiendo respuestas. En un país donde la fe parece volver a moverse, el desafío no es solo litúrgico: es institucional.


