viernes, septiembre 25, 2026
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El comedor de San Miguel entrega unas 120 viandas por semana en Plaza Sáenz Peña

Hay una cifra que no se mueve en el papel: unas 120 viandas por semana. No es un dato menor, ni un número para pasar de largo. Mirá: detrás de cada plato hay una persona en situación de calle que espera, todos los jueves, una comida.

El grupo Misioneros de San Miguel prepara alimentos cada jueves para acompañar esa necesidad. Lo hacen con donaciones y trabajo voluntario, sin pedir aplausos, pero sosteniendo una tarea que no puede fallar. Esa constancia pesa.

La distribución se da en Plaza Sáenz Peña, un punto donde la solidaridad se vuelve concreta. Ahí no se trata de hablar de asistencia: se trata de acompañar, de estar, de no dejar que el hambre pase sin respuesta. Es el tipo de acción que no hace ruido, pero sí deja huella.

El padre Miguel Velasco tiene la tarea y el grupo misionero la acompaña. Esa combinación entre fe, organización y calle es lo que mantiene vivo el comedor de la parroquia San Miguel. No es un gesto puntual: es una rutina que se repite, semana tras semana, con la misma seriedad.

¿Qué significa unas 120 viandas por semana? Significa que hay una demanda real, sostenida, que no se resuelve con una foto ni con un discurso. Significa que hay personas que necesitan un plato, una palabra, una mano. Y significa que, cuando la necesidad supera la respuesta, la comunidad puede cubrir un hueco que duele.

El trabajo voluntario no es un adorno: es el músculo que sostiene la olla. Sin donaciones, sin tiempo regalado, sin gente que se mueve por convicción, el comedor no existiría. Ahí aparece la pregunta incómoda: ¿cuánta solidaridad cabe en una sociedad que también produce exclusión?

La parroquia San Miguel no está sola, pero tampoco puede estarlo. El grupo Misioneros de San Miguel refuerza la asistencia con una tarea que es, a la vez, práctica y espiritual. No se trata de resolver la pobreza con un plato, sino de no dejar que la persona se quede sin dignidad.

La cifra de unas 120 viandas no debería ser una excepción: debería ser un piso. Porque cuando la calle se vuelve lugar de vida, la comida no es un favor: es una necesidad básica. Y cuando una comunidad se organiza para cubrirla, lo que se pone en juego es la medida de su compromiso. Y eso, en los hechos, es mucho.

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