Un dato que incomoda: en pleno Día de la Sanidad, la realidad de quienes sostienen el sistema de salud está lejos de ser festejada. Mariela Ponce, integrante de ATSA (Asociación de Trabajadores de la Sanidad Argentina), puso sobre la mesa una situación que se repite cada vez más: empleados que deben cubrir guardias en dos instituciones distintas para poder llegar a fin de mes.
No es un caso aislado ni una anécdota. Es una tendencia que refleja el deterioro sostenido del poder adquisitivo en el sector. Trabajar doble jornada no es vocación ni elección: es una necesidad impuesta por salarios que no alcanzan. Y eso tiene un costo que no aparece en ningún balance institucional: el desgaste físico, el agotamiento y la merma en la calidad de atención que, tarde o temprano, termina afectando a los pacientes.
Desde ATSA también se reclamó con fuerza que las políticas públicas prioricen de verdad al sector salud, no solo en los discursos de efemérides sino en decisiones concretas: mejores condiciones laborales, paritarias que acompañen la inflación y una planificación que no obligue a los trabajadores a repartirse entre instituciones para sobrevivir.
El reclamo no es nuevo, pero sigue sin respuesta suficiente. Cada 21 de septiembre se repiten los homenajes, las fotos y los reconocimientos protocolares. Lo que no se repite, al menos no con la misma energía, es la voluntad política de resolver el problema de fondo. Los trabajadores de la sanidad merecen algo más que aplausos: merecen condiciones dignas para ejercer una tarea que, como quedó demostrado en los peores momentos de la pandemia, es esencial para toda la sociedad.


