No todos los rincones del país van a recibir El Niño de la misma manera, y eso es precisamente lo que más preocupa a quienes trabajan la tierra en la región. El fenómeno climático podría traer lluvias muy por encima de los promedios históricos, pero sus efectos dependen fuertemente de las condiciones previas de cada zona.
El dato que más inquieta en este lado del mapa es el estado de las napas freáticas. En gran parte de la Mesopotamia, el suelo ya viene con niveles de humedad elevados, lo que convierte cualquier exceso de precipitaciones en un problema de magnitud. Cuando el agua no tiene dónde ir, los campos se anegan, las cosechas se pierden y la logística rural colapsa.
Los productores agropecuarios de la región no esperaron a que llegue el peor escenario para encender las alarmas. Desde hace semanas vienen advirtiendo que la combinación de napas altas con un El Niño activo puede ser devastadora para los cultivos y la ganadería. No es catastrofismo: es la lectura de quienes conocen el terreno palmo a palmo.
El fenómeno no impacta de forma pareja en todo el territorio nacional. Mientras algunas regiones podrían beneficiarse con lluvias que rompan sequías prolongadas, otras enfrentan el riesgo opuesto: el exceso hídrico. Entre Ríos, por su geografía y por la situación actual de sus suelos, queda en el grupo de las zonas que deben prepararse para lo peor.
La variable clave en las próximas semanas será el monitoreo permanente de las condiciones climáticas y la capacidad de respuesta ante eventuales inundaciones o anegamientos. El escenario no está cerrado, pero la prudencia indica que este El Niño merece atención especial en toda la Mesopotamia.


