Hay una operación que se repite y que, si no se la nombra, pasa desapercibida: hacerte creer que el problema sos vos. Que si perdiste el trabajo, es tu culpa. Que si no podés pagar el alquiler, fallaste. Que si tu empresa cerró, no supiste adaptarte. El sistema, mientras tanto, sigue girando.
El psicoanálisis tiene una categoría para esto. Freud describió la melancolía como ese estado en el que “la sombra del objeto ha caído sobre el yo”: en lugar de reconocer que algo externo te dañó, el sujeto vuelve la agresión contra sí mismo. Se culpa, se recrimina, se trata como un desecho. Es un cuadro clínico, sí, pero también es una descripción casi perfecta de lo que le pasa a buena parte de la sociedad argentina hoy.
Porque muchas de las depresiones actuales tienen esa fisonomía: personas que se adjudican un fracaso que las excede. Que se acusan de no poder cumplir con el rol de proveedor, de haber fallado como emprendedores, de no haber sabido administrar sus finanzas, aunque en rigor sean víctimas de un proceso económico que los aplastó con planificación y sin disculpas.
El discurso político dominante empuja exactamente en esa dirección. El Presidente de la Nación llegó a decir que las familias se endeudaron porque compraron televisores para ver el Mundial. El mensaje es claro: el que sufre es responsable de su sufrimiento. El que quedó en la calle no pudo cumplir un contrato entre privados en igualdad de condiciones. Las universidades están en crisis por su propio despilfarro. Los jubilados son un gasto insaciable. Los discapacitados, una carga.
Esta lógica tiene nombre: meritocracia. La idea de que el destino de cada uno depende exclusivamente de su esfuerzo, su habilidad y su capacidad de adaptación. Que si fracasaste, no fue el ajuste, ni la licuación de salarios, ni la concentración de la riqueza en pocas manos: fuiste vos, que no supiste ser un buen “empresario de ti mismo”.
El sadismo del sistema, en este esquema, se vuelve invisible. Y lo invisible no se puede combatir. Por eso la operación es tan eficaz: convierte la indignación colectiva en vergüenza individual, la bronca legítima en autoacusación paralizante. El que debería estar enojado con quien le propinó el daño termina enojado consigo mismo.
Nombrar este mecanismo no es psicologizar la política ni esquivar el debate económico. Es, al contrario, una condición para darlo con honestidad: mientras el relato dominante logre que cada trabajador que perdió su empleo se sienta un fracasado personal, la discusión sobre el modelo de distribución de la riqueza quedará postergada indefinidamente. Y esa postergación, claro, le conviene a alguien.


