Las cifras no mienten y el cierre de un local tampoco. Concordia atraviesa una caída del consumo masivo que, según referentes del sector supermercadista, supera en gravedad a la crisis de 2001. No es una frase de campaña ni una hipérbole: es el diagnóstico de quienes están detrás del mostrador todos los días.
Laura Kobrinsky, presidenta del Centro de Autoservicios y Supermercados de Concordia, fue directa: la venta está muy retraída, el consumo cambió, y la disponibilidad para comprar productos masivos se desplomó. En números concretos, la caída supera el 10% en unidades respecto de 2025. Y eso, aclaró, es peor que lo que registran otras regiones del país: Entre Ríos tiene una performance más desfavorable que otras zonas, según el análisis que Kobrinsky realiza junto a colegas en los encuentros de la Cámara Argentina de Supermercados (CAS) y de la Federación Argentina de Supermercados y Autoservicios (FASA).
El caso que disparó el debate fue el cierre de una sucursal de La Bodega, un comercio que abrió sus puertas en 1996 y sobrevivió varias etapas críticas. Javier Fratichelli, uno de sus dueños, explicó que la decisión no obedeció a un solo factor. «Deberíamos aumentar las ventas un 100% para cubrir los gastos, tarea imposible. En su defecto, bajar los gastos a la mitad. También imposible», señaló. Las cargas sociales, los impuestos y los costos bancarios derivados de los descubiertos acumulados formaron una pinza que no tuvo salida. El local tenía seis empleados: cuatro fueron indemnizados y dos reabsorbidos en la sucursal de avenida Gerardo Yoya y Lamadrid, aunque el propio Fratichelli admitió que «la ve difícil» sostener esa reincorporación.
El cambio en el comportamiento del consumidor es tan marcado que ya tiene nombre propio en el sector. Los clientes dejaron de hacer la compra semanal o mensual: ahora van al supermercado a diario, con una lista mínima, lo estrictamente necesario para el día. «Antes entraban por un artículo y se tentaban con otros. Ahora viene a buscar lo del día y no se tienta así sea una oportunidad», graficó Kobrinsky. Las promociones, que deberían ser una herramienta ocasional, se volvieron permanentes: todos los comercios del rubro compiten con descuentos para retener su porción del mercado, y los clientes ya aprendieron qué día comprar y cuánto.
Pero hay otro frente que Kobrinsky no esquivó: la competencia desleal. Señaló que hay comercios que operan totalmente al margen de la ley, sin emitir tickets, sin declarar ventas, sin pagar impuestos. «La diferencia entre declarar y no declarar es enorme. Es difícil competir contra alguien que no te da un solo ticket», dijo. La carga impositiva que soportan los comercios formales se vuelve una desventaja estructural frente a quienes directamente no la calculan en el precio.
El panorama que describe el sector supermercadista de Concordia es el de una economía doméstica que ajusta hasta el último peso, donde la supervivencia de los comercios formales depende de aguantar un contexto que castiga a los que cumplen las reglas y premia, por omisión del Estado, a los que no.


