Cada golpe que llega desde afuera, Lula lo convierte en argumento de campaña. En pocos días, Brasil acumuló crisis diplomáticas con Donald Trump y con Javier Milei —sanciones, aranceles, insultos y desplantes— y el presidente brasileño decidió hacer exactamente lo que sabe hacer: transformar la presión externa en bandera de soberanía nacional.
El episodio más grave llegó desde Washington. La administración Trump le negó la visa a la embajadora brasileña, alegando demoras en la aceptación del candidato estadounidense para el cargo en Brasilia. Lula calificó el gesto de “irresponsable” e “impensable” entre países con más de 200 años de relaciones diplomáticas. La Cancillería brasileña, que suele medir cada palabra, también elevó el tono y habló de una interferencia directa en el proceso electoral que se celebrará en octubre de 2026.
Días antes, Brasil había negado el ingreso a dos emisarios del Departamento de Estado de Estados Unidos, a quienes acusó de venir a intoxicar el debate público y a participar en una estrategia de desinformación de la ultraderecha. El Gobierno teme una campaña masiva de noticias falsas potenciada por inteligencia artificial, con la larga sombra de Silicon Valley —cada vez más alineado con el trumpismo— como telón de fondo.
En el frente comercial, Trump aplicó a los productos brasileños aranceles del 25%, argumentando competencia desleal. Entre las justificaciones, señaló el éxito del sistema de pagos Pix, que estaría afectando los negocios de empresas estadounidenses, y la intención de Brasil de regular a las grandes tecnológicas. Luego sumó otro 12,5% bajo el pretexto del trabajo forzoso, acusación que el Gobierno de Brasilia rechazó de plano.
Para Lula, el hilo conductor de todo esto tiene nombre propio: la familia Bolsonaro. Los hijos del expresidente llevan más de un año presionando a Trump para que aplique sanciones a Brasil y frene el juicio contra su padre por intento de golpe de Estado. Eduardo Bolsonaro, exdiputado, vive en Estados Unidos dedicado a esas gestiones. Hace un año exacto, Trump le había impuesto a Brasil un tarifazo del 50% —el más alto del mundo en ese momento— como represalia por lo que llamó una “caza de brujas” contra su aliado. El juicio siguió adelante y Bolsonaro padre fue condenado a 27 años de cárcel.
Ese vínculo entre Trump y los Bolsonaro es hoy una de las principales cartas electorales de Lula. El presidente los llama con frecuencia “traidores de la patria”, por anteponer sus intereses personales al bienestar económico del país. El discurso nacionalista ya le funcionó durante el tarifazo del año pasado y fue clave para recuperar popularidad. Ahora insiste en la misma estrategia de cara a las elecciones de octubre, donde enfrentará a Flávio Bolsonaro, el hijo mayor del expresidente y su principal rival. Las encuestas le dan a Lula una ventaja moderada, pero el escenario está abierto y todo apunta a un resultado ajustado.


