Una mujer terminó en el Centro de Salud Ramón Carrillo con la mejilla raspada por los vidrios de una ventanilla rota. La causa: una piedra lanzada con gomera por un grupo de jóvenes que se esconde entre la vegetación del Cañaveral y sale a atacar lo que pase. Colectivos, autos, lo que sea.
Gerardo Orcellet, integrante de la Línea 1, radicó la denuncia en la Comisaría 2° y encontró algo que no sorprende: los vecinos del sector ya los conocen. “Son los mismos de siempre”, les dijeron. La policía se comprometió a reforzar el patrullaje, aunque la historia se repite: cuando aumenta la presencia en una esquina, los incidentes se trasladan a otra.
El modus operandi es casi rutinario. Al anochecer, cuando la calle queda con poca gente, los jóvenes se aproximan a calle Istillarth, lanzan las piedras y corren a refugiarse detrás de una arboleda junto a una cancha de fútbol. “Les tiran al que pase, ven tres o cuatro vehículos, y al que le pegan le pegan”, describió Orcellet. Las piedras no respetan destino: rebotan, caen sobre los frentes de las casas linderas y convierten cada noche en una ruleta para quien circula por ahí.
El daño económico tampoco es menor. Cada ventanilla rota cuesta alrededor de $200.000 entre el cristal y la instalación. Si en un mes el hecho se repite cinco o seis veces, la empresa absorbe el equivalente al sueldo mensual de un empleado que no estaba presupuestado para eso. Un costo invisible que termina pagando el sistema de transporte, y de fondo, todos.
Daniel La Palma, vocero de la Cámara de Transporte Urbano de Pasajeros, fue directo: “El resultado habitual es ventanilla rota, pasajeros asustados y asombrados. Igualmente es una situación de ciudadanos inadaptados que no encuentran algo bueno para hacer y hacen daño. Tanto los niños como los padres son responsables”. No es la primera vez que esto ocurre ni se limita a un solo punto de la ciudad. Episodios similares se registraron en la rotonda de Salerno, en la intersección de Boulevard Yuquerí y San Lorenzo, y en el Puente Alvear, a la altura del Club Colegiales.
Orcellet apunta al origen del problema: la falta de educación en los hogares. Chicos que se divierten con una gomera sin medir que una piedra en la cabeza puede matar, o que una astilla de vidrio en el ojo puede costar la vista. La denuncia está hecha, el patrullaje prometido, y la pregunta que queda flotando es cuántas ventanillas más tienen que romperse antes de que alguien encuentre una respuesta que dure más que una semana.


