La unidad que Irán muestra hacia afuera tiene una grieta adentro. Mientras los ataques contra bases de Estados Unidos y sus aliados se intensificaron durante la última semana, el liderazgo de la República Islámica pelea en silencio —cada vez menos silencioso— por una pregunta que define el futuro del país: ¿para qué sirve esta guerra?
De un lado están los llamados Paydari —”estabilidad” en persa—, ideólogos de línea dura que rechazan cualquier negociación con Washington y apuestan a una victoria total. Su figura más visible es Saeed Jalili, quien según trascendió fue el único de los 13 miembros del Consejo Supremo de Seguridad Nacional que votó en contra del acuerdo de alto el fuego alcanzado en abril. Del otro lado, el presidente Masoud Pezeshkian y el poderoso titular del Parlamento, Mohammad Bagher Qalibaf —quien además actúa como principal negociador de Irán—, ven la presión militar como una palanca para arrancar concesiones reales en una mesa de negociación.
“La negociación es una herramienta política y un complemento de la acción militar para llevar al enemigo a un punto de coerción y arrancar concesiones reales”, escribió un asesor de Qalibaf, Mahdi Mohammadi, en su canal de Telegram. La frase resume la postura del sector pragmático: la guerra no es el fin, es el medio.
El alto el fuego de abril había recibido un respaldo amplio —doce de los trece miembros del Consejo Supremo lo aprobaron, incluidos altos mandos de la Guardia Revolucionaria— pero se desmoronó antes de consolidarse. Las promesas financieras del acuerdo, entre ellas la liberación de miles de millones en activos congelados, nunca se concretaron. El bloqueo estadounidense volvió a estar en vigor y con él, la frustración iraní.
En ese contexto, la disputa interna se volvió más visible. El funeral del líder supremo asesinado, Alí Khamenei, fue un termómetro político: las multitudes recibieron a Jalili con aplausos, mientras que a Pezeshkian lo recibieron con insultos y gritos de “¡Muerte al conciliador!”. Los sectores más duros controlan la televisión estatal —conocida por el acrónimo IRIB— y la usan para presentar a Irán como encaminado a una victoria total, denunciando a quienes proponen ceder terreno frente al archienemigo.
Una enorme incógnita pesa sobre todo el tablero: la postura del nuevo líder supremo, el ayatolá Mojtaba Khamenei. Según los reportes, resultó herido en el ataque que mató a su padre en los primeros minutos de la guerra, el 28 de febrero, y no se lo ha visto en público desde entonces. Ambas facciones afirman contar con su respaldo, lo que dice mucho sobre cuánto poder real tiene cada bando —y cuánto necesitan legitimarse.
Ali Vaez, director del proyecto sobre Irán del International Crisis Group, sintetizó la lógica que hoy une a las dos facciones pese a sus diferencias: creen que Donald Trump “solo entiende el lenguaje de la fuerza” y que Irán debe obtener ventaja militar antes de poder obligarlo a cumplir cualquier compromiso. La disputa no es sobre si presionar, sino sobre qué hacer después de presionar. Esa diferencia, en una teocracia en guerra, puede ser la más importante de todas.


