domingo, julio 19, 2026
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Malvinas, política y Milei: el debate que no para

Una bandera. Tres palabras: «Las Malvinas son argentinas». Y de repente, escándalo. La ministra lo dijo sin rodeos: ese mensaje es «político», y por lo tanto, fuera. El problema es que detrás de esa definición hay una lógica que vale la pena desarmar, porque no es inocente.

El presidente Javier Milei ha expresado en más de una ocasión su admiración por Margaret Thatcher, la exprimera ministra británica que en 1982 ordenó hundir el crucero General Belgrano cuando navegaba fuera de la zona de exclusión, matando a más de 300 soldados argentinos. Para Milei, Thatcher fue una líder «brillante». Para las familias de esos soldados, fue algo bien distinto.

En ese contexto, que una funcionaria de su gobierno catalogue el reclamo soberano sobre Malvinas como un «mensaje político» equivalente a contenido de odio no es un desliz: es una señal. Una señal sobre qué valores guían a esta administración cuando se trata de la relación con Gran Bretaña y con el reclamo histórico argentino sobre las islas ocupadas desde hace casi dos siglos.

La pregunta que queda flotando es sencilla y brutal al mismo tiempo: ¿desde cuándo reivindicar territorio propio es provocación? ¿Y desde cuándo hundir un barco con cientos de jóvenes adentro no lo es?

El episodio disparó además una discusión más amplia sobre la política como herramienta. Hay un discurso instalado, repetido hasta el hartazgo, que presenta a la política como una cloaca de la que conviene alejarse. Ese discurso tiene autores y tiene beneficiarios. No es casual que quienes más lo repiten sean precisamente quienes más se benefician de que la gente se mantenga al margen.

La historia argentina da ejemplos concretos. Fueron las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo —con toda su carga política, con sus pañuelos y sus marchas— quienes pusieron a Argentina en el mapa internacional de los derechos humanos. Fue la política la que hizo que Videla muriera preso, mientras que en otros países del continente los dictadores gozaron de impunidad hasta el final. Esa diferencia no fue magia: fue decisión colectiva, fue militancia, fue política.

El debate sobre Malvinas y la bandera en el estadio no es un capricho de fanáticos ni un gesto vacío. Es el síntoma de una tensión real entre una causa nacional de décadas y un gobierno que, por afinidad ideológica o por conveniencia, parece más cómodo mirando hacia otro lado. Lo que se juega en esa tensión no es un trapo de colores: es la memoria, la soberanía y el sentido de lo que significa ser argentino.

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