Hay una paradoja cruel instalada en los montes cítricos del noreste entrerriano: cosechar sale más caro que no cosechar. Eso no es una metáfora ni una queja de café. Es la realidad que están viviendo cientos de productores de Concordia y Federación en plena campaña de mandarina 2026.
El presidente de la Federación del Citrus de Entre Ríos (Fecier), Pablo Molo, lo dijo sin rodeos: «Hay sobrante de fruta y no hay más mercados. Y si por ahí podés ubicarla, tampoco te sirve cosecharla porque no cubrís el costo de la cosecha ni el flete. Directamente hay que dejar que se pierda». Una frase que resume el drama de más de mil productores que, en promedio, trabajan entre 25 y 30 hectáreas cada uno.
Los números no mienten y en este caso duelen doble. Producir y cosechar un kilo de mandarinas le cuesta al productor entre 100 y 120 pesos. Lo que recibe en el mercado oscila entre 40 y 70 pesos por kilo, según la variedad. La diferencia no es un margen ajustado: es una pérdida directa por cada cajón que se levanta del suelo.
La campaña registró un incremento promedio del 30% en la producción, con algunos establecimientos que crecieron entre el 40% y el 50% respecto del año anterior. Pero ese volumen extra no encontró ni mercado interno ni externo que lo absorbiera. Molo aclaró que no se trata de una expansión extraordinaria sino de la recuperación natural tras campañas golpeadas por el clima y años de escasa inversión. La ironía es feroz: el sector se recuperó y esa recuperación lo está hundiendo.
Las variedades más comprometidas son Criolla, Nova y Dancy. En agosto arranca la cosecha de Murcott y Encore, aunque desde Fecier estiman que, por su menor rendimiento, no agravarán el excedente. Un dato que ofrece algo de alivio en un panorama que tiene poco para celebrar.
El departamento Federación aparece como el más expuesto. Allí la mayoría de los establecimientos son pequeños y dependen exclusivamente de la citricultura, sin producción alternativa que amortigüe el golpe. «Las parcelas no te dan para más. Están completas de citricultura y eso te complica las cosas», explicó Molo, describiendo una trampa estructural que no tiene salida rápida.
Pese a todo, el dirigente eligió no bajar los brazos. «Esto ya pasó en otras épocas y se pudo salir de la crisis. Esperemos que no se caiga nadie porque el citricultor sabe de citricultura, nació y vive de la citricultura y no deberíamos perder a ninguno», afirmó. La frase suena a resistencia más que a optimismo, y en ese matiz está toda la tensión del momento. La pregunta que queda flotando sobre los montes es si el mercado va a dar respiro antes de que la fruta podrida en las plantas se lleve puesta la temporada entera.


