domingo, octubre 25, 2020
      
      
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“Matices de la Pandemia” por Mario Sarli

Nos sorprendió en pleno verano escuchar que en una remota ciudad de China, un contagio masivo puso en marcha medidas de estricto aislamiento a toda una ciudad de 11 millones. ¿Toda una ciudad? Creímos que era una noticia más de las que suceden en el mundo. (¿Toda una ciudad aislada? quedó repiqueteando en los oídos). Luego escuchamos sobre los contagios en Italia, España. Europa y otros países. Milán fue desbordado. Y ya la noticia adquirió lugar en las preocupaciones. Y un buen día de fines de febrero, por Ezeiza ingresó. El 3 de marzo se confirmó.

En eso estábamos cuando escuchamos en la tercera semana de ese mes, que el gobierno tomaba medidas de aislamiento social. Escuché aplausos desde los balcones de Almagro cuando se hizo la comunicación. (Los amparos siempre cobijan). Luego nos impactó el silencio de las calles. Algo del respeto y temor circulaba entonces. La gente solo caminaba para buscar alimentos. Creíamos que pronto cesaría. También imaginamos que la humanidad cambiaria ante esta señal global o que el consumo abandonaría costumbres insalubres. El trabajo se instaló en las casas y los abuelos se apropiaron de la tecnología.

Argentina Coronavirus uso obligatorio de barbijos en las ciudades foto Guillermo Rodríguez Adami

La escasa convivencia de estar unidos en la espera incierta, rompió armonía. Ahí nomás  estaban guardadas las quejas. La oposición a las ideas sanitarias se transformó en francos reproches políticos con pretensión de cambiar lo que la democracia eligió. Esto hace que la grieta parezca mayor. La voracidad del poder económico exagerado (el verdadero poder) siempre espera que la política le abra las puertas, también aceptan las ventanas.

En este tiempo de pandemia global, el mundo también se dividió en dos. Si bien comparten el cansancio que las restricciones provocan, una de las partes adhiere a los cuidados y conservan tolerancia ante la extendida adversidad sanitaria. La otra parte, en cambio, se rebela, protesta y exigen “libertades”, juzgando y denostando  a los “mensajeros”.

Sabido es que la trama que articula la pandemia con los cuidados ciudadanos, es el Estado, quien escucha a los especialistas en sanidad, para definir y activar medidas protectoras. Los gobiernos de países desarrollados también lo hacen. Excepto tristes excepciones. Hay una infeliz coincidencia mundial: los seguidores de pensamientos “libertarios” se oponen a los gobiernos que cuidan y protegen a sus ciudadanos y aprovechan esta pandemia, para deslegitimar otras decisiones.

La buena noticia, que es que la madurez democrática de la mayoría, distingue los matices y es el espíritu crítico quien nos muestre el camino a seguir,  eligiendo cuidar la salud propia y de otros, esperanzados también, en recomponer los múltiples daños socio-económicos que este virus provoca en el mundo.

¡Como extrañamos los abrazos y besos, la cara franca y las sonrisas abiertas! Se han tapado hace meses. La distancia física de los seres queridos crea un manto de pesar silencioso y contenido. No hay cines, festejos sociales, ni reuniones espontáneas en las calles. Resulta raro no  ver la cara descubierta. ¡Claro que nos saludamos al pasar! aunque a veces no sabemos a quién lo hicimos. No habiendo remedios aún, solo alienta la esperanza que dejará de ser así y eso alcanza para motivarnos y persistir en lo único que sabemos: que la distancia social, la higiene y el uso de tapabocas son las mejores protecciones ante el virus. Es cierto que no todos creen ni aceptan estas medidas. Esa parte minoritaria pero ruidosa, está convencida que son tácticas de dominación y adiestramiento social de los gobiernos. Los cual los rebela y enfurece. Por cierto, tienen derecho a expresar sus emociones personales, pero da tanta pena verlos agrupados en las calles, despreocupados de los cuidados (en los que no creen). Por supuesto que la indignación que aumenta es la de los trabajadores de la salud, que excedidos y saturados, lidian sin denuedo con las consecuencias extremas de la pandemia. A ellos les gustaría que “los marchantes” pasen por las unidades de terapia intensiva y vean la realidad sanitaria. Pero siguen haciendo lo que saben. Por elección y convicción. Aunque ya no haya aplausos por las noches y falten reconocimientos gubernamentales, especialmente en algunas localidades donde hasta reprimen sus legítimas demandas.

Por cierto, se torna largo en el tiempo y también cansador este diferente modo de coexistencia social. También sabemos que mientras no haya vacunas, pocas  serán  las modificaciones, aunque haya lugares donde el virus no circula en su modalidad comunitaria, está esperando el momento oportuno. Cuando se desparrama hace estragos y provoca crujidos en el sistema sanitario. A pesar de esto, las muertes ya no son noticias inquietantes y las tristes formas de morir se naturalizan a través de la negación de los dolores. Por todo esto, volver a la “normalidad” anterior a la pandemia, es un clamor compartido que se nutre de buenos deseos y también de genuinas necesidades económicas.

Muchos ciudadanos del mundo pudimos entender que la desigualdad social es genuinamente un virus inoculado. Restañar las heridas sociales que dejará esta patología sanitario sin igual,  nos pondrá a muchos en la vereda de la reconstrucción y otros, quedarán afirmados donde siempre estuvieron.

Lic. Mario Sarli – Psicólogo

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