lunes, septiembre 28, 2020
      
      
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“De vida, finales y duelos” por Mario Sarli

La vida circula por este mundo y siempre viaja en compañía de la muerte. Aunque inseparables conviven, por mucho tiempo la conciencia no tiene en cuenta a este acompañante.

Mucho menos la considera cuando la vitalidad juvenil empuja hacia los proyectos por venir. Condición ésta que se mantienen en las etapas floridas del asentamiento afectivo que permite formalizar familia y también afirmación laboral. Son tiempos en que todo está por ser y  el porvenir atrae tan luminosamente, que no hay lugar para visualizar aquello que opaca y es además, portador de uno de los aspectos más triste y complejo de aceptar en esta existencia.

Si bien la muerte se presenta irremediablemente en distintos momentos de la vida, se hace más notable y sentida al despedir seres queridos que parten. Aun así, su aceptación es resistida y postergada. No resulta una invitada grata. Podemos decir que este proceso de reconocimiento y aceptación de su presencia, progresa en un tiempo muy amplio, que  recién adquiere lugar significativo, en los años altos de la vida. La tercera edad o los llamados adultos mayores pueden incorporar de manera serena y con mayor tolerancia, este imperativo de la existencia al cual poco tiempo  le dedicamos previamente por la duración de la negación, rechazo o sencillamente la no aceptación de ella.

Estos mecanismos no niegan su realidad, sino que les resulta harto difícil y sumamente complejo inscribirla en el acontecer psíquico sin que provoque perturbación. Precisamente, la certeza de convivir con este final anunciado y previsto, de no ubicarse subjetivamente de manera adecuada, produce distintos efectos, los cuales se expresan de diversas formas. El mecanismo de negación se presenta en actos sencillos, como por ejemplo, el no querer  pensar ni hablar de la  muerte. Esta dificultad de aceptar su presencia en la propia vida, también se reviste de una exagerada preocupación por vivir saludablemente, con atención constante sobre pequeños malestares físicos que conducen a consultas médicas. El comportamiento es retirado y constante ante cada síntoma que produzca extrañeza y temor. Son personas que acceden resueltos a intervenciones de cirugía plástica. También se dedican con empeño al trabajo físico, con el fin  para mantenerse en forma adecuada a las exigencias culturales de juventud y fortaleza.  Las personas con dificultades de aceptar y convivir con esta realidad existencial, procuran  sonrisas y constantes buenos momentos, que más allá de ser vividos francamente, muestran su fragilidad al no poder acercarse o conectar con el tema indeseado. Como invariablemente suceden perdidas penosas, cuando acontece, se evita los contactos con los procesos de velatorios, o acercamientos a los deudos, así como les resulta difícil visualizar a la persona fallecida en el  féretro.

Si bien estos comportamientos se modifican con el avance de la edad, en algunas personas, se afirman. Al punto que no se acercan a los cementerios, fundados en el descreimiento de este modelo de persistencia de los cuerpos, muy desarrollado en occidente.

Afortunadamente, como se sabe que la muerte existe y  ronda, además, avanzamos hacia ese fin, cada día mejora el relacionamiento con ella paralelamente al avance de la edad. Decíamos más arriba, con los altos años, más aún. Esto es lo que permite amigarnos con esta inevitable consecuencia de la vida.

Los dolores y desgarros que produce psicológicamente la separación definitiva de los seres queridos, también pone en marcha lo que se llama el proceso de duelo. Son tiempos de dolores, idealizaciones, angustias por la ausencia y extrañar todo lo relacionado con quien en vida nos prodigaba gratos efectos y bienestar. Esta interrupción de encuentros y comunicación se torna insoportable durante el período en que el dolor es profundo. Como la vida sigue para todos, a pesar de los fallecimientos, progresivamente se encausan las emociones y los  recuerdos en algún  momento dejan de doler como al principio. Este proceso de duelo, incluye más adelante, la aceptación de la ausencia, que implica sostener el recuerdo vivo con recuerdos amenos y también de los otros que pudieron haber existido. Bajo un manto de afectividad distendida que cobija los recuerdos, permite  hablar del ausente y sonreír al recordarlo. El duelo así, se muestra atenuado y la convivencia con la ausencia se torna habitual. Ello trae la aceptación necesaria, que facilita una vida con menor sufrimiento.

La aceptación de la muerte de los seres queridos, deja el saludable efecto de acercarnos, preguntarnos y reflexionar sobre la propia finitud que se avecina. Pensar de esta manera y  tenerla presenta  no es una condición  melancólica o triste. Es reconocer las potencialidades y limites de nuestra condición de seres vivos  que en los creyentes, por su profunda fe,  les incrementa la  esperanza y certeza de alcanzar una vida eterna, acogidos por el Padre Celestial. Para los no creyentes, les queda la convicción de vivir con la mayor plenitud cada día, sabiendo que habrá un final mañana.

Con una dosis de manía o simplemente sabiduría, Sabina nos cantaba en “Noche de Bodas”, que el fin del mundo te pille bailando.  Alegoría de morir alegres. Dicho esto con otros fundamentos quizás sea dable decir que llegado el momento, se pueda hacerlo en paz con la vida vivida, con lo realizado, aceptando también, lo que no se pudo hacer mejor.

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